Noticias 06 Jul 2026
Entrevistamos a Francisco de la Barrera, director del Centro de Ciencias Ambientales EULA-Chile, académico de la Facultad de Ciencias Ambientales de la UDEC e investigador de CEDEUS, sobre la gestión de riesgos y planificación territorial frente a desastres en Chile. El especialista analiza cómo la configuración del paisaje y la falta de normativas actualizadas han permitido que los incendios forestales se vuelvan más destructivos, subrayando que la prevención no ha avanzado al mismo ritmo que la capacidad de combate. Comparte algunos ejemplos de estrategias basadas en la naturaleza, y finaliza, abordando los desafíos del cambio climático y la necesidad de una gobernanza local articulada para transformar territorios vulnerables en entornos más seguros y multifuncionales.
Cómo han cambiado las condiciones desde el incendio de 2017 en Santa Olga, ¿qué ha cambiado, qué ha mejorado, se habla más sobre planificación territorial?
Chile está expuesto a un montón de amenazas latentes, pero los incendios son un tipo de amenaza particular. Por una parte, la ignición depende principalmente del humano, sea por negligencia o intención, pero eso explica solamente el inicio del incendio y esas condiciones no han cambiado en el tiempo. Su capacidad de dejar daños no está condicionada por la acción humana, sino sobre todo por las condiciones ambientales del momento, como la meteorología del día (viento, altas temperaturas, baja humedad), y también por lo que ocurrió en los inviernos o veranos anteriores. Eso hace que cada temporada de incendios sea extremadamente diferente; la del 2017 tenía de antesala una sequía muy prolongada que dejó a merced territorios muy vastos con vegetación muy seca, y siempre pensamos que era una cosa excepcional que no se volvería a repetir.
Habíamos tenido varios incendios en años anteriores que sobrepasaron las 10.000 hectáreas, llegando a los bordes de las ciudades en Valparaíso y Penco, aunque nunca del orden de sobrepasar las 500.000 hectáreas. Después de 2017 se sucedieron varios eventos que a veces llegaban a 1.000 hectáreas y se acercaban a las ciudades porque se habían iniciado muy cerca, pero tuvimos otros muy grandes, mayores a 100.000 hectáreas, que iniciaron lejos de las ciudades y avanzaron muy rápido por las condiciones meteorológicas y la configuración del territorio. En la medida que alcanzan sectores residenciales urbanos o rurales, la amenaza se convierte en desastre.
Hay un factor muy relevante del que se venía hablando incluso antes del 2017, que es cómo están configurados los territorios. Se suele hablar mucho de las plantaciones forestales demasiado densas, pero menos sobre las que están abandonadas versus las que sí están siendo manejadas, o de sectores rurales que tuvieron actividad agrícola intensiva y al abandonarse generan pastizales. Todo eso lleva a la discusión sobre cuáles son los sectores productivos en esos sectores rurales, cómo se gestionan y cómo incrementan potencialmente el riesgo de propagación. Los paisajes que tenemos hoy son consecuencia de decisiones que tomamos hace 30 años o más, por lo que hacer un juicio respecto a los cambios ocurridos desde 2017 puede ser parcialmente injusto, ya que, si bien han habido intenciones de cambio, estas no se han manifestado en transformaciones en los territorios.
¿Qué ha ocurrido en cuanto a la normativa?
Tampoco ha cambiado; la ley de incendios no logra destrabarse. Los instrumentos de planificación territorial sí se han ido destrabando, pero tienen su tiempo; el instrumento no cambia el territorio a corto plazo ni facilita actividades concretas que puedan transformarlo. Hoy hay mayor conciencia y la evaluación de riesgo de incendio es más frecuente y de mejor calidad, con la CONAF y los centros de investigación aportando mucha mejor información, pero los territorios no han tenido las transformaciones productivas o de conservación que requieren.
Muchos de los territorios quemados vuelven a ser ocupados en poco tiempo, ¿se debe a la falta de planificación?
Claro, y también de falta de respuesta. La interfaz urbano-forestal es dinámica; a diferencia de un tsunami, aquí el factor de amenaza que es el combustible sí lo puedes gestionar. La ley de incendios es bien atractiva porque habla de criterios para reducir el combustible, y la planificación territorial es más ambiciosa, pero requiere de acciones bien decididas a largo plazo que no han llegado. No hay un estímulo mayor a la agricultura, a la ganadería o a la construcción de parques periurbanos que genere una distancia entre las zonas con vegetación inflamable y las zonas residenciales. Los avances son escasos y nos vemos enfrentados a estrategias de prevención similares a las que teníamos antes de 2017, aunque el combate sí cambió.
Requiere además de una articulación de varios actores y voluntades. La conciencia ya está, pero falta poner los incentivos adecuados y las reglas claras. Yo creo que hay una oportunidad de mejorar las economías regionales si este tema se aborda, logrando estímulos a ciertas actividades que han desaparecido de los territorios, lo que a la larga puede generar muchos beneficios y evitar los montos excesivamente brutales del combate.
¿Conoces ejemplos en otros países o en Chile sobre "paisajes inteligentes" u otras estrategias similares? Se destacó el caso de Villa Botania en prevención, o en el caso de los tsunamis son conocidos los bosques e infraestructura de mitigación de Japón...
El secreto que intentan implementar todos es diversificar el paisaje y los territorios para tener más resiliencia y heterogeneidad. El concepto de inteligente se usa para que esa diversidad permita una multifuncionalidad, donde se puedan recuperar usos productivos, se disfruten beneficios de la conservación, y haya reglas claras para el control de la vegetación y la ubicación de viviendas. Hay múltiples experiencias internacionales, como en sectores mediterráneos de Europa, donde hay preocupación por recuperar territorios agrícolas cerca de la ciudad (incluso subsidiándolos), porque generan protección contra incendios, producción local y atractivo turístico.
En otros lugares implementan estrategias basadas en la naturaleza: parques periurbanos, incorporación de plantas menos susceptibles a quemarse rápido para darle tregua a brigadistas y personas, y recuperación de cuerpos de agua. Los humedales urbanos o periurbanos son tremendos aliados porque no se queman rápido y tienen humedad.
Uno de los programas más estimulantes en Chile es el de pastoreo estratégico llamado “Buena Cabra”, ubicado principalmente en la región del Biobío. Consiste en llevar rebaños de cabras a lugares críticos para que se coman toda la vegetación verde más inflamable, logrando deshacerse de especies como la zarzamora. Este programa reduce el combustible, abona la tierra, recupera praderas productivas y rompe con el abandono de los paisajes rurales.
Hablemos ahora de remociones en masa: se cumplieron 35 años del aluvión de Antofagasta, donde se avanzó bastante en piscinas aluvionales e infraestructura. Pero las ciudades se siguen acercando a las zonas de laderas y cerros. ¿Cómo está la planificación territorial en Chile frente a esta amenaza?
Pienso que en esa amenaza se ha avanzado mejor, sobre todo porque las inundaciones y remociones en masa tienen localizaciones un poco más acotadas. Hay normativas más específicas y respuestas constructivas, pero es la vulnerabilidad y la pobreza la que restringe algo que puede estar bien normado: la explosión de los campamentos excede a la planificación urbana, la cual no tiene capacidad de gestionar ni planificar este tipo de viviendas. Ahora, el cambio climático también juega un papel porque patea el tablero poniendo escenarios mucho más extremos de los que se planifican habitualmente.
Luego viene el problema de las multiamenazas, donde los lugares están expuestos a más de un riesgo y puede haber preparación para solo uno o para ninguno. Es importante no perder el foco regional o local porque cada territorio (Santiago, Talca, Patagonia, Concepción) enfrenta situaciones y culturas muy distintas. Esto requiere de aproximaciones locales con más de un experto bien formado en cada localidad, y capacidades científicas para proveer herramientas.
¿Qué desafío implica el Cambio Climático para la planificación territorial?
La planificación territorial se basa en el pasado y hace proyecciones para alcanzar un futuro deseado bajo condiciones de incertidumbre política, económica y social. A esto se suma el cambio de las condiciones ambientales, donde lo más crítico es la escasez hídrica, que cambia brutalmente las posibilidades de desarrollo de un lugar. Uno usualmente ve el paisaje como consecuencia del clima global, pero los paisajes también son causantes de condiciones ambientales locales, y en la medida que lo comprendamos y planifiquemos los paisajes desde la ecología, podremos ser más resilientes.
Por ejemplo, en Perú "cultivan" agua; gestionan la naturaleza generando estructuras en el paisaje para acumular agua e infiltrarla mejor para la agricultura. Los paisajes son capaces de generar microclimas locales y, en la medida que la planificación territorial lo comprenda, lo incorpore y logre transformar los territorios, vamos a estar menos expuestos a los riesgos del cambio climático y a otras amenazas.
Francisco de la Barrera es parte del equipo interdisciplinario del proyecto ANID/FONDECYT "Wildfires and Weather Variability in South-Central Chile (INTENSE)", iniciativa científica chilena de tres años que comenzó en 2025. Busca mejorar los modelos de pronóstico meteorológico para entender cómo el clima extremo favorece los incendios forestales en el centro-sur del país. El proyecto es dirigido por el climatólogo Martín Jacques, investigador del Departamento de Geofísica de la Universidad de Concepción (UdeC) y del Centro de Ciencia del Clima y la Resiliencia (CR2) y tiene como objetivos principales:
*Las opiniones vertidas en esta entrevista no representan necesariamente la opinión de Itrend*